Memoria de un nieto republicano

 Y que mi voz suba a los montes

y baje a la tierra y truene,

eso pide mi garganta

desde ahora y desde siempre.”

— Miguel Hernández




A veces, cierro los ojos y veo un campo andaluz en calma.

El viento mueve las ramas de un olivo centenario.

A sus pies, ondea una bandera tricolor clavada en la tierra, no como un grito, sino como un susurro que dice:

“Aquí descansan los que soñaron justicia.”


Es allí, en ese paisaje de memoria y ternura, donde habita mi familia.

Mi abuelo, sin tumba, pero con nombre.

Mi padre, sin medallas, pero con historia.

Mi madre, sin discursos, pero con dignidad.


Durante años, arrastré una mezcla de rabia y silencio.

Me creí huérfano de patria, exiliado dentro de mi propio país.

Pero hoy entiendo que no estoy solo.

Que hay otros como yo, que heredaron el silencio y decidieron convertirlo en palabra.


Este libro es un acto de amor.

Una conversación postergada.

Una ofrenda para los que no pudieron escribir la suya.


Y también es una promesa.

La de seguir cuidando la memoria como se cuidan las raíces de un olivo viejo:

con paciencia, con respeto, con el deseo de que algún día, sus frutos den sombra a los que vienen.


No sé si algún día España será una república.

Pero sí sé qué tipo de país quiero:

Uno donde nadie tenga que esconder quién fue su abuelo.

Uno donde la historia no se use como arma, sino como puente.

Uno donde la justicia no llegue tarde.


Mientras tanto, aquí estoy.

Nieto de republicano.

Maestro de escuela.

Hijo de la memoria.


Y aunque mi voz tiemble, seguiré hablando.

Porque mientras haya un olivo en pie

y una bandera digna que ondee sin odio,

la historia seguirá viva.

Y con ella, mi gente.




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