CARTAS QUE NO ENVÍE
«Hay palabras que nunca se dicen. Se guardan, se doblan con cuidado y se depositan en algún lugar del pecho donde el tiempo no puede alcanzarlas del todo.»
Todo comenzó con una carta que nunca se envió. Con letras torpes e impacientes, trazadas sobre papel de cuaderno en una tarde de agosto, mientras el calor pegaba en las paredes blancas del pueblo y los grillos tejían su música sin descanso. Era una carta de adolescencia: sincera hasta el temblor, cargada de esa ilusión frágil que solo existe antes de que la vida enseñe a tener miedo.
No recuerdo todas las palabras. Sí recuerdo la sensación de escribirlas: como si al ponerlas sobre el papel dejaran de pesar tanto. Había en ellas risas compartidas junto al río, silencios cómplices bajo el jazmín de la iglesia, y algo más difícil de nombrar: el presentimiento de que aquello que empezaba iba a quedarse mucho tiempo, aunque entonces no supiéramos de qué forma.
Este libro es ese papel amarillento. Es la carta que nunca se envió, desplegada al fin después de décadas. Es un recorrido por los veranos que el tiempo guardó como ámbar, y por el reencuentro que vino después, cuando ya éramos otros y sin embargo reconocimos en seguida algo esencial que no había cambiado.
Es también un homenaje a Carmen: a su caligrafía perfumada, a su mundo interior discreto y profundo, a todo lo que me enseñó sin proponérselo sobre la amistad, el cariño y el valor de decir lo que se siente antes de que el silencio lo ocupe todo.
Escribir este libro ha sido, también, un modo de volver a aquel pueblo del norte, de oler el jazmín y el azahar, de escuchar el murmullo del río en la noche. Un modo de cerrar, con gratitud y con paz, una de las historias más hermosas que la vida me ha regalado.

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