LA VEJEZ, ALMAS Y RAÍCES

Hay libros que no se escriben con palabras, sino con silencios compartidos, con miradas que atraviesan el tiempo, con manos curtidas por el tiempo, y que aún guardan el calor de los días vividos. Este es uno de ellos.


Mis padres comenzaron su historia jóvenes con ilusiones de hacerse un hueco en el mundo como todas las grandes historias: con poco y con todo. Con poco, porque apenas tenían algo más que su juventud y un puñado de sueños. Con todo, porque les sobraba coraje. Se conocieron en un pueblo donde el futuro se medía en cosechas, donde la vida olía a tierra húmeda y a leña quemada. Él, con sus modos toscos y su corazón blando; ella, con su risa clara y su terquedad de almendro en flor. Juntos, aprendieron que el amor no era solo un verbo, sino un acto de resistencia.


Luego llegaron los hijos. Llegamos nosotros, con nuestros llantos, nuestras preguntas, nuestras ausencias. Llegaron las mudanzas, los trabajos duros, las noches en vela contando monedas para los libros del colegio. Y también llegaron los amigos, esos faros en la niebla, los que se quedaron y los que se fueron demasiado pronto. Los que ahora solo existen en fotos desteñidas y en anécdotas que se repiten como mantras en las cenas de domingo.


La vejez los alcanzó sin pedir permiso. Un día, mi padre dejó de reconocer el sabor del gazpacho que tanto le gustaba. Mi madre empezó a olvidar los nombres de las calles donde alguna vez jugó. Sus cuerpos, antes fuertes, ahora trazan mapas de cicatrices: rodillas operadas, espaldas dobladas, corazones que laten al ritmo de pastillas y recuerdos. Pero sus almas siguen intactas. En sus risas aún está el recuerdo de aquellos veinte años, cuando bailan twist, pasodobles en los guateques y creían que el tiempo era infinito.


Este libro es un puente entre lo que fueron y lo que son. Entre la tierra que los vio nacer y los lugares a los que el destino los arrastró. Entre los que se fueron (abuelos, tíos, amigos cuyas voces ahora son solo susurros en el viento) y los que seguimos aquí, intentando entender su legado.


Porque envejecer no es solo perder. Es también atesorar. Es guardar en un cajón las cartas de amor que nunca se enviaron, las medallas de trabajos que ya nadie recuerda, los pañuelos empapados de lágrimas y risas. Es mirar atrás y descubrir que, aunque el cuerpo flaquea, las raíces siguen profundas. Y que el alma, esa cosa invisible que nos une a los que ya no están, nunca envejece.


Aquí están sus vidas. Sus triunfos pequeños, sus derrotas inconfesables, sus tardes de soledad y sus mañanas de café compartido. Aquí está lo que significa amar, perder y seguir de pie.



Para ellos, que lo dieron todo.

Para mí, que lo aprendí tarde.

Para quienes vendrán, y que algún día entenderán.



—Un hijo que aún aprende a serlo


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